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¿A quién pertenece el alimento?

A partir de un gesto tan cotidiano como cortar una fruta, se despliega una reflexión sobre las relaciones invisibles entre quienes trabajan la tierra y quienes consumen sus frutos. Lo íntimo se vuelve político: cada corte revela una cadena de producción atravesada por desigualdades, distancias y silencios.

Los cuerpos, en las obras, se transforman en utensilios. La concavidad del cuello se vuelve recipiente, el hueco de la clavícula sugiere un cuenco, una mano sostiene una fruta sobre el rostro como si ofreciera o impusiera su consumo. En otra escena, un par de manos abre una papaya, exponiendo su interior como un acto que oscila entre lo doméstico y lo quirúrgico. Estas imágenes desplazan la función del cuerpo: ya no es solo quien come, sino también superficie, herramienta y territorio.

En este contexto, la comida aparece despojada de su función nutritiva. Se presenta como un producto final, limpio y disponible, que oculta los procesos industriales y las formas de explotación que lo hacen posible. Las obras cuestionan esta desconexión, evidenciando cómo el sistema alimentario contemporáneo separa radicalmente producción y consumo, borrando el rastro humano que los vincula.

En el centro simbólico de la exposición, una papaya abierta contiene semillas de vidrio esparcidas sobre su superficie. Este núcleo, a la vez violento y frágil, brillante y cortante, confronta al espectador con la materialidad del alimento y su carga de tensión. Las semillas ya no son orgánicas: son objetos que hieren, que resisten la digestión, que interrumpen la idea de alimento como algo dócil.

Sobrevolando la escena, una pequeña avioneta fumiga desde lo alto. Su presencia introduce una dimensión más amplia, casi omnipresente, que remite al control, la contaminación y la escala industrial. Desde arriba, el gesto humano parece mínimo, casi insignificante frente a un sistema que lo excede y lo condiciona.

La exposición, en conjunto, invita a reconsiderar la relación con aquello que se come: no solo como acto biológico o cultural, sino como punto de contacto con redes complejas de trabajo, poder y violencia que, aunque invisibles, habitan cada bocado.

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Se quema el alimento

El esfuerzo se acumula alrededor de algo que, al final, no alimenta. En el desgaste y la repetición, el alimento pierde su sentido original y se convierte en evidencia de un sistema donde el trabajo lo es todo: un ciclo insistente en el que producir sustituye a nutrir, y donde el valor ya no reside en sostener la vida.

Pablo Vargas Unfried (1985) es un artista visual costarricense. Desde muy joven comenzó sus estudios en pintura y dibujo, y de manera paralela se formó en fotografía y producción audiovisual. Ha trabajado como director de imagen para festivales de arte y empresas, así como artista visual en proyectos escénicos y espacios públicos. Su labor como pintor muralista lo ha llevado galerías de México, bibliotecas públicas en Costa Rica y otros edificios destacados. Como fotógrafo, ha documentado el trabajo de artistas provenientes de diversas partes del mundo.

Galeria pintura mural

Tinta

Los trabajos que verás en la siguiente galería son ilustraciones realizadas directamente con tinta sobre papel libre de ácido, de alta calidad, marca japonesa Maruman. El formato del papel es de 240 × 167 milímetros.
Todas las obras fueron realizadas en el año 2025-2026, algunas de ellas durante mi estancia en Japón.

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